Salgo de trabajar, espero que corte el semáforo, mientras tanto me suelto el pelo, cruzo Cabildo, pedaleo entre el embotellamiento de autos; espero otro semáforo, arranco, voy cantando "Persiana Americana" de Soda y, mientras suena la canción en mi voz y en mi cabeza, escucho a lo lejos un "Jimeee", borroso y poco claro: un grito desesperado y alegre. Giro la cabeza y apunto directamente a un taxi que viene atrás mio, como en diagonal hacia atrás, miro a la persona que me grita y me cuesta reconocerla. Es como si la hubiese borrado y ya no recordara su cara.
Las miradas, las sonrisas, la ausencia de palabras o la escasez de ellas, resumen todo. Grita "hermosaaaaa" con euforia y se despide de mi. El taxi sigue su rumbo. Yo sigo mi camino habitual, no me desvío. Sigo sin palabras, con muchas sensaciones, con una canción en la voz. Con un pensamiento: amor profundo, intacto. Alegría. Destino.
Seguí con fuerza, pedaleando más y más fuerte, contenta. No seguí al taxi, lo dejé ir... Te dejé ir.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Cosas (in)necesarias
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